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jueves, marzo 15, 2007

Selección Natural

Selección natural es la definición mas acertada que se puede otorgar a "lo que los hechos reales o una fuerza divina considera apropiado para nosotros los mortales, los humanos, algo que no nos deja decidir por nosotros mismos, una pequeña fuerza escondida bajo la alfombra".

La Paola había cumplido veintitantos durante aquel verano, andaba de vacaciones con un grupo de amigos en Iquique. Le gustaba carretear, salir por la noches a reventarse (reinventarse) un poco, a conocer gente, a abrir sus horizontes. Durante casí veinte días de ese verano, salía con sus amigos a recorrer pubs, discos o casas de conocidos (ella era la única que salía todos los días en combinaciones aleatorias con los demas integrantes del grupo).

Paola estudiaba psicología o algo así, vivía en La Dehesa con sus padres y con su hermano de quince que rara vez intercambiaba palabras con ella. A Paola le gustaba pasarlo bien, pero no siempre lo pasaba bien, en esa busqueda tuvo un par de novíos o amigos con quien se aburría lo suficiente. Durante el año, no tenía la libertad que una persona como ella necesitaba, así que el verano siempre se le mostraba como el mejor momento para vivir la vida a su manera.
En una de esas noches de verano conoció a un matrimonio joven que bailaba y compartía tragos al lado de ella. En un comienzo fueron las miradas, luego las palabras, las drogas y los bailes. Ellos eran extraños pero esa noche, como en tantas otras, eso daba lo mismo y a eso de las siete de la mañana partio rumbo a cualquier lugar lejos de la noche.

Tomo las llaves del jeep de su amigo/novio, y arranco el motor, mientras la pareja sentada atras trataba de acomodarse, trataba de jalar, trataba de tener sexo, trataba de no perderse en el paisaje, trataba de hablar con Paola y Paola seguía aprovechando esos cuarenta minutos en mirar las calles, el suelo (o el cielo) gris, las canciones desgastadas en la radio, las penas flotando en el vidrio del jeep, la vida escapandose de la otra vida y ella como un péndulo mareada, agotada de buscar, siempre de buscar algo que se vislumbraba en la estupidez, en la fuerza que la arrastraba al suelo (sueño) que era lo mas verdadero que había encontrado durante esa y otras múltiples jornadas.

viernes, marzo 02, 2007

El basural part 3

A Antonia nunca antes le había sucedido algo así, pero para todo existe un primera vez. El miedo le venía por las tardes y la atrapaba desde los pies, la atrapaba de forma lenta y dolorosa, a veces venía en forma de escala musical con sostenidos, variaciones melódicas que desarticulaban el camino lógico y desencadenaban el desconocimiento, las dudas y al final el miedo.

En Santiago, los veranos aletargados y calurosos no favorecian para nada la llegada de las crisis, la visión nublada, las lagrimas contenidas, las palabras ofensivas que por esos días se le acercaban en forma de avalancha.

Pero ella lo anoto todo, para superarlo o tal vez para dejar testimonio, lo anoto con lapices negros sobre hojas blancas y destacó los pasajes importantes con letras mas grandes y colores mas vivos.

Como sea, cuando se lo conto a algunas personas de confianza, nadie le creyo, ni siquiera él.

Y despues de eso las visitas se hicieron mas frecuentes, ya no eran las noches calurosas, eran los días y las tardes, los momentos mas normales se comenzaron a transformar en la peor de las miserias, el miedo estaba en su vida y lo unico que dejo fueron una larga fila de papeles blancos escritos con letras negras.

Partes anteriores
http://micsleameya.blogspot.com/2006/08/el-basural-part-1.html
http://micsleameya.blogspot.com/2006/09/el-basural-part-2.html

domingo, enero 21, 2007

La noche de los feos (Mario Benedetti)

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?""Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.

"Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

viernes, septiembre 08, 2006

El basural Part 2

Estaba almorzando con Claudia, cuando de pronto lo ví por la ventana del local. Usaba un chaleco negro y tenía mal aspecto, jeans sucios, zapatos rotos y el rostro demacrado.

Me miraba fijamente y de forma desafiante, cosa que me sorprendio por que no era un rostro familiar. Trataba de poner atención en la conversación pero Claudia finalmente se dio cuenta de que algo raro sucedía, cuando me pregunto solo atine a decirle que me sentía mal. Despues de todo, el tipo que miraba solo era un vagabundo que se entretenía molestando a algunas personas y no iba a asustar a Claudia por eso.

Luego de unos mínutos el tipo dejo de prestarme atención y yo deje de insistir, despues de todo es problema de él, yo solo quería ayudar y probablemente ni siquiera me habría creído lo que le iba a contar. Seguí mi trayecto habitual y trate de olvidar lo que había encontrado en el basurero.